En los Estados Unidos todo es posible. Así lo declaró Barack Obama al expresar sus primeras palabras como presidente electo. Una vez proclamado su triunfo, la emoción se hizo notar en distintos rincones de este país, en donde un record de votantes plasmó con su voto el deseo de un cambio radical en su política.
Por primera vez en la historia un afro-americano gobernará la potencia mundial. En medio de una crisis financiera que promete extenderse por un buen tiempo, la gente decidió tomarse un respiro y festejó abrazando el sueño de la esperanza.
Cientos de miles de personas inundaron las calles de la solemne ciudad de Washington para expresar un grito contenido. En el tradicional barrio de Adams Morgan, como en tantos otros, la gente festejó hasta muy entrada la mañana. Mientras, la lluvia confundía las lágrimas de muchos que seguían sin asimilar la histórica conquista.
“Es el día más feliz de mi vida”, expresaba exultante John Mason, un joven negro que hizo sonar su trompeta sin parar en la intersección de las calles 18 y Wyoming mientras la gente bailaba a su alrededor.
Fiestas particulares y un inusitado frenesí contrarrestaron la habitual tranquilidad de la capital estadounidense. Los estrictos horarios y la vida rutinaria, común denominadores de esta metrópoli, fueron dejados de lado por un buen rato y dieron lugar a un delirio inusitado.
Previamente, la parsimonia en los centros de votación -en donde algunas personas esperaron hasta tres horas para emitir su sufragio-, escondía en los corazones de gran parte de los norteamericanos la expectativa de un futuro mejor de la mano de Obama.
El cambio ya está en marcha. El tiempo dirá si los Estados Unidos están preparados para encarar de una manera distinta sus designios, sin abandonar su papel como actor principal en el escenario internacional.

