El golf debe ser una de las disciplinas deportivas más exigentes del mundo. Para competir al más alto nivel, como lo hacen los profesionales, se necesita mucho talento, entrenamiento y una buena dosis de ambición, de paciencia y de carácter.
De todas maneras, estos atributos no deben ser confundidos con la personalidad de cada uno de los jugadores. Desde que el golf existe como lo conocemos actualmente, una gran cantidad de competidores, con temperamentos muy distintos, ha transitado por los principales campos del mundo y obtenido los trofeos más prestigiosos.
La victoria de Europa en la Copa Ryder frente al combinado de Estados Unidos fue un claro exponente de estas apreciaciones el año pasado. Con paciencia, un conjunto heterogéneo en su máxima expresión mostró que los patrones a seguir no son los mismos que hace 20 años. El equipo ganador estuvo compuesto por jugadores tan distintos entre sí que parecía imposible un triunfo bajo estas condiciones.
Pero si de paciencia se trata, nadie mejor para explicarlo que Phil Mickelson. Obtuvo en 2004 el Masters de Augusta -su primer torneo mayor desde que debutó como profesional en 1992- y terminó con el discurso de sus detractores que lo tildaban simplemente de “buen jugador”.
Siempre hay una excepción a la regla y, en la temporada pasada, esta estuvo constituida por el fidjiano Vijay Singh. A los 41 años, el golfista se convirtió en el número uno del mundo apelando a las instrucciones del viejo manual: practicar, practicar y practicar. Singh, un jugador que pasa entre diez y doce horas por día entrenando, demostró a propios y extraños que podía terminarse con la hegemonía de Tiger Woods.
Vijay lideró el listado de ganancias del PGA Tour y alcanzó la cifra récord de 10,9 millones de dólares en premios. Además, finalizó entre los 10 primeros puestos en 18 de las 29 competencias que disputó.
Singh, cuya disciplina de trabajo no tiene paralelo, terminó en setiembre pasado con el reinado de Tiger -estuvo cinco años como número uno- y se convirtió en el primer golfista no estadounidense en llegar a la cima del ranking mundial desde que el australiano Greg Norman lo hiciera en 1995. El consuelo de Woods – se casó hace pocos meses con la modelo sueca Elin Nordegren- fue terminar nuevamente como el deportista mejor pago del planeta al acumular ganancias por 95 millones de dólares en 2004.
Quién hubiera imaginado, una década atrás, que más de 20 profesionales de nuestro país iban a ser miembros de los principales circuitos para esta temporada. No hubo grandes victorias internacionales (solamente triunfaron en el exterior Ricardo González, Miguel Fernández, Daniel Vancsik y Rafael Gómez), pero en la mayoría de los torneos nuestros golfistas fueron animadores.
Angel Cabrera y Eduardo Romero no pertenecen al grupo que ganó fuera del país, pero igualmente tuvieron una excelente temporada. Cabrera se consolidó como el mejor golfista argentino, en tanto que Romero, a los 50 años, decidió seguir compitiendo junto a la elite.
Así las cosas, quien se llevó los aplausos finales fue José Cóceres. Por primera vez desde que compite en el PGA Tour, el chaqueño puso en juego su membresía en el circuito estadounidense. Concluyó en el puesto 109 del ranking y se aseguró un lugar en esta gira para 2005. Además, cerró de manera espectacular la temporada al obtener, en diciembre, el 99º Abierto de la República y el 72º Campeonato de Profesionales.
LA ACTUALIDAD DE LOS TUCUMANOS
Es muy difícil analizar lo realizado por los golfistas César Monasterio, Andrés Romero y Eduardo Argiró en 2004 desde la comparación. Durante la temporada pasada compitieron en distintos circuitos y los rivales fueron diferentes en la mayoría de los torneos.
Por primera vez en la historia, Monasterio participó como miembro permanente del Tour Europeo y se midió con los jugadores más destacados del Viejo Continente. No retuvo la tarjeta del circuito, pero el profesional número uno de Tucumán cumplió un destacado papel y demostró que tiene el swing para estar entre los mejores. Ahora, con una membresía parcial, “Okin” deberá alternar su presencia entre esa gira y el Challenge Tour.
La paradoja viene de la mano de “Pigu” Romero. Este año no ganó ningún título e incluso falló varios cortes, pero apretó el acelerador en el momento oportuno y obtuvo un lugar, junto a Monasterio, en el Challenge. A los 23 años, Romero se transformó en el argentino más joven en ingresar a ese circuito. Allí también tendrá una plaza Argiró, el tucumano más regular en la temporada que acaba de concluir.
Hace casi cuatro años, Monasterio y Argiró competían en torneos nacionales, y ocasionalmente en los de otros países latinoamericanos. La caída de la convertibilidad y la falta de auspiciantes golpeó muy duro al golf argentino y los profesionales sintieron el cimbronazo. En 2001, con el objetivo de tener un ingreso extra, Monasterio y Argiró decidieron crear una escuela de golf para enseñarles los secretos de este deporte a los más pequeños y a los aficionados recién iniciados. La situación era insostenible.
Todo cambió a mediados de 2002, cuando Monasterio firmó un contrato con Sports Enterprise, una empresa bonaerense que tiene a su cargo a varios de los mejores golfistas argentinos. Al poco tiempo se sumó a este grupo Argiró y los buenos resultados no se hicieron esperar: César ingresó al Tour Europeo en 2003 y Eduardo concluyó ese año como el número uno en el ranking del Tour de las Américas. Este es el camino. Andrés Romero, César Costilla y Julio Núñez son los otros tucumanos que cuentan con algún apoyo y han mejorado notablemente. Ojalá el efecto sea contagioso y lo mismo suceda con otras esperanzas de nuestro golf.
* Artículo publicado en el diario La Gaceta de Tucumán, el 2 de enero de 2005. Para ver toda la nota hacer click en: Singh muestra el nuevo camino

